El perrito que perdió a su madre y la buscaba todos los días en la montaña

No hay nada más triste como perder una madre. Algo que no solo sufrimos los seres humanos, sino también los animales. En este caso, un perrito que no dejaba de extrañar a la suya.

Este perro, llamado Jumsik, paseaba todos los días por un acantilado escarpado en una montaña rocosa. Se acercaba a la gente que le daba comida, y después el perro seguía su camino a toda velocidad, como si estuviera apurado.

Sin embargo, nadie sabía exactamente por qué se lo veía al perro todos los días recorriendo la montaña, por caminos incómodos y difíciles de transitar. Olfateando por aquí y por allá.

A pesar de vivir con una familia en esa zona, Jumsik siempre salía a recorrer la montaña. Recibía su comida de parte de sus dueños, descansaba un rato en la casa y al poco tiempo ya se lo podía ver caminando con mucha rapidez por los senderos rocosos.

Sus dueños explicaron que Jumsik solía recorrer la montaña todos los días junto a Kkamsang, su madre, pero cuando esta murió, Jumsik sintió un gran vacío, por lo que no pasaba un solo día sin que saliera a buscarla, hurgando en cada lugar que solían frecuentar.

Estaban muy unidos, por lo que fue muy grande la tristeza que sentía todos los días este perro al haber perdido a su madre.

Los veterinarios explicaron que debido a que no había pasado mucho tiempo desde que su madre falleció, Jumsik todavía podía oler el rastro de su madre en cada lugar que habían frecuentado. Así que buscaba ese olor, y la echaba de menos constantemente. Su cara de tristeza lo decía todo.

Un ritual que se repetía a menudo era cuando su dueño salía todas las mañanas de la casa acompañado por Jumsik, quien lideraba silenciosamente el camino. Olfateaba cada rincón, los árboles y las rocas. Su cara demostraba pura nostalgia y anhelo por reencontrarse con su madre.

Finalmente, encontraron una solución, que si bien no fue lo que más deseaba Jumsik, sí lo mantuvo un poco más tranquilo y sin tanta ansiedad diariamente.

Una tarde, cuando regresaron del paseo, su dueño tomó un cojín y lo colocó cerca de la casa que el hombre le construyó a Jumsik. Este cojín era el que usaba su madre. Olía como su amada mamá. Jumsik, que odiaba ingresar a su casa, al sentir el aroma de su madre, ingresó y se quedó allí durante varias horas, sintiendo la compañía de su madre ausente.

De esta manera, Jumsik ya no necesitó salir de la casa y dirigirse a la montaña para sentir la presencia de su madre.